domingo, 21 de junio de 2009

 

GIBRÁN KHALIL GIBRÁN

NINFAS DEL VALLE

(1948)

 

MARTA

I

 

El padre de la niña murió cuando Marta estaba todavía en la cuna y su madre falleció antes de que la niña cumpliera diez años de edad. Fue a vivir sus años de orfandad en la casa de un pobre vecino, que con su mujer y sus hijos, vivía de los frutos de la tierra en una pequeña y. aislada aldea, en uno de los hermosos valles del Líbano.

Al morir el padre de Marta, por toda herencia le dejó su nombre y una pobre cabaña que se alzaba entre nogales y álamos. De su madre sólo había hererado lágrimas de dolor y su orfandad total. Vivió como una extranjera en la tierra que la había visto nacer, sola entre árboles frondosos y altas rocas. Cada mañana, la niña caminaba descalza, vestida de harapos, e iba a ordeñar a las vacas a una región del valle donde el pasto era rico, y allí se sentaba la niña a la sombra de un árbol. Canta con los pajarillos y lloraba. con el arroyo, mientras enviciaba a las vacas por disponer de abun­dante comida. Contemplaba las flores y el revoloteo de las mariposas. Al hundirse el sol en el horizonte el hambre se apoderaba, de ella, y volvía a la cabaña, a sentarse junto a la hija de su tutor, y a comer una escasa ración de pan de maíz, con un poco de truta seca y frijoles humedecidos en vinagre y aceite de oliva. Después de la frugal cena, extendía pa .a seca en el: suelo, en un rincón, y se acostaba, reposando la cabeza en sus brazos. Luego se dormía y suspiraba, y deseaba que la vida` fuera un sueño largo y profundo, sin ensueños y sin despertar. Cerca del alba, su tutor la despertaba brusca­mente para que lo sirviera, y la niña despertaba temblando de miedo por la dureza y la ira de su tutor. Así pasaron varios años en la vida de Marta, la desventurada, entre aque­.llas distantes colinas y apartados valles.

Pronto comenzó a sentir la niña en su corazón el desper­tar de emociones que hasta entonces no había tenido; era como estar conciente del perfume del corazón de una flor. Extraños sueños y pensamientos se arremolinaban en ella, como un rebaño que cruzara un río. Despertaba en ella la mujer y parecía tierra fresca y virgen preparada para recibir la semilla del conocimiento, y para sentir las huellas de la experiencia. Era una muchacha retraída y pura, a la que un decreto inescrutable del destino había exiliado en aquella granja apartada, cuya vida se regía en todas sus fases con las estaciones del año. Era como una sombra de un dios desco­nocido, que residiera entre la tierra y el sol.

Los que hemos pasado la mayor parte de nuestra exis­tencia en ciudades llenas de gente sabemos muy poco de la vida de quienes habitan en los pueblos y en las aldeas apar­tadas del Líbano. Nos arrastra la corriente de la civilización moderna. Hemos olvidado -o por lo menos así lo pensamos­la filosofía de esa vida hermosa y simple, llena de pureza y de candor espiritual. Pero si volviéramos la mirada hacia esa -vida, la veríamos sonreír en primavera, la veríamos durmiendo la siesta al sol del verano; la veríamos cosechar en el otoño, y reposar en el invierno, y la consideraríamos como a nuestra madre naturaleza en todos sus estados de ánimo. Somos más ricos en bienes materiales que aquellos aldeanos; pero el espíritu del campesino es más noble que el nuestro. Nosotros sembramos mucho, y no cosechamos nada; en cambio, todo lo que ellos siembran lo cosechan. Nosotros, los que vivimos en la ciudad, somos esclavos de nuestros apetitos; ellos, son los hijos de la alegría simple. Nosotros bebemos en la copa de la vida un líquido entur­biado con amargura,, desesperación, temores y hastío. Ellos beben el claro vino de la vida sencilla.

Marta llegó a la edad de dieciséis años. Su alma era un reluciente espejo que reflejaba toda la hermosura de los campos, y su corazón era como los anchos valles, que repetía, como el eco, los sonidos dula. Naturaleza.

Un día de otoño, en que el campo parecía lleno de tristeza, la muchacha se sentó junto a un arroyo, sintiendo que su alma estaba libre de la prisión terrenal, como los pensamientos de la imaginación de un poeta, y contempla­ba la danza de las hojas amarillas conforme iban cayendo de los árboles. Veía cómo el viento jugaba con esas hojas, así como la muerte juega con las almas de los hombres. Obser­vaba las flores marchitas, con sus corazones secos y rotos en mil pedazos. Las flores almacenaban sus semillas en el seno de la tierra, así como las mujeres esconden sus joyas en tiempos de guerra y disturbios.

Mientras la muchacha permanecía contemplando las flores y los árboles, compartiendo el dolor de las plantas en el otoño, oyó el sonido de cascos de caballos en las rotas piedras del valle. Volvió la cabeza, y vio que un jinete avan­zaba lentamente hacia ella; sus arneses y su. ropa hablaban dé riqueza y bienestar. Aquel jinete desmontó y la saludó ama­blemente, con modales delicados que ningún hombre había tenido con ella.

-He perdido el camino que conduce a la costa. ¿Podrías indicármelo? -le preguntó.

La muchacha se puso en pie al borde del arroyo, erecta como una rama joven, y contestó:

-No lo sé, señor, pero iré a preguntarle -a mi tutor, porque él sabe.

,Al pronunciar estas palabras, la muchacha sintió un poco de temor, y la timidez y modestia de su acento realzaron su juventud y su belleza. Ya se marchaba, cuando aquel hombre la detuvo con un ademán. El. rojo vino de la juventud circula­ba vigorosamente por sus venas, y su mirada cambió al decir: -No; no te vayas.

La joven permaneció en pie, con expresión de sorpresa, pues había sentido en aquella voz una fuerza que le impedía moverse. Miró furtivamente al caballero, que a su vez la mira­ba con atención; con una mirada que ella no podía entender. Luego, le dedicó una sonrisa-tan encantadora, tan tierna, que la muchacha sintió ganas de llorar. Aquel hombre posó una mirada afectuosa en los pies descalzos, en las delicadas muñe­cas, en el terso cuello, en el suave y espeso cabello. Notó, con creciente pasión, la bronceada piel soleada, y aquellos brazos, que la naturaleza habia hecho fuertes. Pero la mucha­cha permaneció silenciosa y avergonzada. No quería irse, y, por razones que no lograba explicarse, tampoco podía hablar.

La vaca lechera volvió aquella tarde al establo sin su ama, pues Marta no regresó. Al volver su tutor de los campos, la buscó por todas partes, y no la encontró. La llamó por su nombre, pero no obtuvo más respuesta que los .ecos de, las cuevas y el ulular del viento en las copas de los árboles. Vol­vió entristecido a su cabaña, y le dijo a su mujer lo que había pasado. La campesina lloró calladamente toda la noche, y de­cía, en medio de sus sollozos:

-La he, visto en sueños, en las garras de una bestia salvaje, que rasgaba su cuerpo en pedazos, mientras ella son­reía y lloraba.

Tal es la historia sobre Marta cuando vivía en aquella hermosa aldea. Me la contó un viejo aldeano que la había co­nocido desde que- era una niñita. La muchacha había desapa­recido de,aquella comarca, sin dejar tras de sí, más que unas cuantas lágrimas en los ojos de una campesina, y un patético recuerdo que vagaba con la brisa de la mañana sobre el valle, y que luego, como el aliento de un niño en el cristal de una ventana, se desvaneció para siempre.

 

II

 

Volví a Beirut en el otoñó del año 1900, después de pasar mis vacaciones de estudiante en el norte del Líbano. Y antes de volver a mis estudios pasé una semana vagando alrededor de la ciudad en compañía de algunos camaradas, saboreando las delicias de la libertad, de la que los jóvenes están ham­brientos, y que se les niega en sus casas y en las cuatro pare­des de las aulas. En esa edad, y en tiempo de vacaciones, el joven es como un ave, que al encontrar abierta su jaula, vuela llena de júbilo, con el corazón lleno de trinos y de la alegría de la escapatoria.

La juventud es un bello sueño, pero su dulzura se ve es­clavizada por el hastío de los libros, y su despertar es do­loroso.

Acaso llegue un día en que los hombrs sabios puedan unir los sueños de la juventud y el deleite del aprendizaje, como la confidencia une a los corazones en conflicto. Acaso llegue un día en que el maestro del hombre sea la naturaleza, la. humanidad, su libro, y la vida, su escuela. ¿Llegará ese día? No lo sabemos, pero sentimos la urgencia que nos impulsa hacia arriba, hacia el progreso espiritual, y ese progreso es comprensión de la belleza que existe en todo lo creado, me­diante la bondad que existe en nosotros y la expansión de la felicidad mediante nuestro amor por esa belleza.

Aquella tarde, estaba yo sentado en el porche de mi casa, observando los movimientos de la gente 'y escuchando los pre­gones de los vendedores ambulantes, cada cual alabando la excelencia de sus mercancías y alimentos, cuando un mucha­chito se me acercó. Tendría unos cinco años de- edad, vestía harapos, y en el hombro llevaba una bandeja llena de ramitos de flores. Con voz temblorosa y débil, como si fuera parte de su herencia de largos, sufrimientos, me pidió que le comprara unas flores.

Observé aquella carita pálida, donde brillaban unos ojos negros, oscurecidos con las sombras de la enfermedad y la pobreza; su boca era como una cicatriz abierta en un pecho herido; sus delgados brazos desnudos y su cuerpecito maci­lento se doblaban por el peso de la bandeja de ores, como un rosal marchito entre frescas plantas verdes. Vi todo esto de una sola mirada, y sonreí sintiendo lástima, con una son­risa en la que había la amargura de las lágrimas. Una de esas sonrisas que nacen en la profundidad del corazón y afloran a los labios: si reprimimos estas sonrisas, se reflejan en nues­tros ojos.

Le compré algunas flores, pero era su charla lo que que­ría yo comprar, pues sentí que en sus tristes miradas y en su lastimoso aspecto se escondía una tragedia: la tragedia de los pobres, que perpetuamente se representa en el escenario de los días. Al hablarle con palabras amables, se mostró amis­toso; como si hubiera encontrado a alguien que le pudiera ofrecer un poco de protección y seguridad. Me miró asom­brado, porque los de su clase sólo están acostumbrados a recibir malos tratos de los otros niños, que consideran a los muchachos de la calle como cosas despreciables, y no como a pequeñas almas heridas por las flechas de la desventura. Luego le pregunté su nombre.

-Fuad -contestó, con los ojos fijos en el suelo.

Proseguí:

-¿De quién eres hijo, y dónde está tu familia?

-Soy el hijo de Marta, mujer del pueblo de Ban.

-¿Y quién es tu padre? -le pregunté.

Movió la cabecita, como aquel que ignora quién es su padre.

-Entonces, ¿en dónde está tu madre, Fuad?

-En casa, enferma.

Estas escasas palabras salidas de los labios de aquel niño resonaron en mis oídos con acentos, familiares, y en mi más profundo sentimiento se formaron extrañas imágenes de me­lancolía, pues supe, en el acto, que la desventurada Marta cuya historia había yo oído de los aldeanos, vivía, enferma, en Beirut. Aquella muchacha que sólo ayer moraba entre los árboles y los valles, lejos del sufrimiento, estaba padeciendo las penalidades del hambre y del dolor en la gran ciudad. La muchacha huérfana que había pasado su niñez en diálogo con la naturaleza, cuidando de las vacas en los hermosos prados, había sido arrastrada por la marea de la corrupta civilización, para convertirse en presa de la miseria y el in­fortunio.

Al pasar estas ideas por mente, el niño seguía mirán­dome, como si viera con los ojos de su inocente espíritu el sufrimiento de mi corazón.

El muchachito hizo ademán de retirarse, pero yo le tomé la mano y le dije:

-Llévame donde está tu madre; quiero verla.

Me condujo por las calles, caminaba delante de mí silen­cioso y asombrado. De vez en cuando miraba hacia atrás, para comprobar si verdaderamente yo lo iba siguiendo. Sen­tía temor y pena. Caminé por sucias callejuelas donde el aire estaba turbio con el aliento de la muerte, y pasamos por casu­chas donde los hombres viciados se entregaban a malas accio­nes tras las cortinas de la noche. Pasamos por callejones donde el viento silbaba como una serpiente, y yo caminaba detrás de aquel muchachito de tiernos años, de inocente corazón y mudo valor. Tenía el valor de los que están familia­rizados con la maldad de una ciudad que en el Medio Oriente se conoce como "la novia de Siria", y "la perla de la corona de reyes". Por fin, llegamos a un suburbio miserable, y el muchachito entró en una morada humildísima, a la que el paso de los años había convertido en lastimosas ruinas.

Entré, detras de él, sintiendo que mi corazón latía apre­suradamente. Me vi en medio de un cuartucho en donde el aire era húmedo. Por todo mueble había una lámpara cuya débil, luz cortaba la oscuridad con amarillentos rayos, y un camstro cuya apariencia hablaba de la más extremada po­breza, de abandono y necesidad. En aquel camastro dormía una, mujer con el rostro vuelto hacia la pared, como si en ella quisiera refugiarse de las crueldades del mundo; o acaso viera en las carcomidas piedras un corazón más tierno y compasivo que el de los hombres. El niño se acercó a la mujer, gritando:

- ¡Madre! ¡Madre!

La mujer se volvió hacia nosotros y vio al niño, que me señalaba. Hizo un movimiento defensivo bajo los harapos que la cúbrían, y con voz amarga por los sufrimientos de un espí­ritu en agonía, exclamó:

¿Qué quieres de mí, hombre? ¿Vienes a comprar los últimos restos de mi vida, para saciar tu sed de placer? Apár­tate de mí, pue las calles están llenas de mujeres dispuestas a vender sus cuerpos y sus almas a bajo precio. Yo no tengo que vender sino unos cuantos suspiros, que pronto comprará la muerte con la paz de la tumba.

Me acerqué a su lecho. Las palabras de aquella mujer lle­garon a lo más profundo de mi corazón, porque eran el final de un relato triste. Le hablé, deseando que mis sentimientos fluyeran junto con mis palabras:

-No tengas temor-de mí, Marta. No he venido a verte como una bestia de rapiña, sino como un hombre triste. Soy del Líbano y he vivido mucho tiempo entre esos valles y aldeas, cerca de los bosques de cedros. No temas nada, Marta. La mujer escuchó mis palabras y supo que surgían de la profundidad de un espíritu que lloraba junto con ella, pues tembló en su lecho como una rama desnuda ante el viento in­vernal. Se llevó las manos a la cara, como si quisiera ocultarse de aquel triste recuerdo, aterrador en su dulzura y amargo en su belleza. Tras un silencio y un suspiro, volvió a aparecer su rostro entre los hombros temblorosos. Vi sus ojos hundidos que parecían mirar algo invisible allí, en el vacío de aquella habitación, y vi que sus labios temblaban con desesperación. En su garganta roncaba ya la muerte, con un profundo y las­timoso lamento. Luego, habló con acento de súplica, debili­tado por el dolor:

-Has venido aquí movido- por la bondad y la compasión, y si es verdad la compasión por los pecadores es un acto pia­doso, y si la compasión por los que se han extraviado es meri­toria, el Cielo te recompensará. Pero te ruego te alejes de aquí y vuelvas al lugar de donde vienes, pues tu presencia en este sitio arrojará, vergüenza sobre ti, y tu compasión por mí, te valdrá insultos y desprecio. Vete, antes de que alguien te vea en este cuarto manchado por los cerdos. Camina con premura y tápate el rostro con tu capa, para que ningún transeúnte pueda reconocerte. La compasión que sientes no me devol­verá mi pureza, ni borrará mi pecado, ni apartará la poderosa mano de la muerte, que ya pesa sobre mí. Mi maldad y mis culpas me han. arrojado a estas negras profundidades. Que tu compasión no te 'acarree escarnio. Soy una leprosa que vive entre las tumbas. No te acerques a mí para que la gente no te considere sucio y se aparte de ti. Vuelve ahora a aquellos sagrados valles; más no menciones mi nombre, pues el pastor rechazará a la oveja enferma, para que no se contaeie su re­baño. Y si algún día debes mencionarme, di que Marta, mujer del pueblo de Ban, ha muerto; no digas nada más.

Luego, tomó las manecitas de su .hijo, Y las besó triste­mente. Suspiró, y volvió a hablar:

-La gente mirará a mi hijo con desprecio y burla, di­ciendo que es un retoño del pecado; dirán que es el hijo de Marta, la ramera; el hijo de la vergüenza y del azar. Dirán de el cosas peores, pues la gente es ciega, y no verá que su madre ha purificado su niñez con dolor y con lágrimas, y que le ha. dado la vida con su tristeza y su infortunio. Moriré, dejándolo huérfano entre los hijos de la calle, solo en su exis­tencia, sin piedad, con un terrible recuerdo como única he­rencia. Si es cobarde y débil, se avergonzará de este recuerdo; pero si es valeroso y justo, su sangre circulará con orgullo. Si el Cielo lo preserva y le da fuerzas para llegar a ser un hombre, el Cielo lo ayudará para luchar contra quienes le han hecho daño a él, y a su madre. Pero si muere y lo liberan del peso de los años, me encontrará en el, más allá, donde todo es luz y reposo, esperando su llegada.

Mi corazón me inspiró estas palabras;

-No eres leprosa, Marta, aunque hayas morado entre las tumbas. No eres impura, aunque la vida te haya colocado en las manos de los impuros. La impureza de la carne no puede llegar al espíritu puro, y los copos de nieve no pueden matar a las vivinetes semillas. ¿Qué es la vida, sino una era de tris­tezas donde las espigas de las almas se esparcen antes de dar fruto? Tengamos piedad del trigo que no cae en la era, pues la:s hormigas de la tierra se lo llevarán, y las aves del Cielo se lo llevarán, y ese trigo no entrará en los graneros del dueño del campo.

"Eres víctima de la opresión, Marta, y quien te ha opri­mido nació en un palacio, y es grande por su riqueza, pero de alma pequeña. Eres perseguida y despreciada, pero más vale que una persona sea la oprimida, y no la opresora; y es mejor ser víctima de los instintos humanos, que ser poderoso para aplastar las flores de la vida y desfigurar las bellezas del senti­miento con los malos deseos. El alma es un eslabón en la ca­dena divina. El calor de la vida puede torcer este eslabón y destruir la belleza de -su redondez, pero no puede transfor­mar su oro en otro metal; antes bien, el calor puede hacer que el preciosos metal brille más. Pero ay de. aquel que sea débil, y que permita que el fuego lo consuma y lo convierta en ceni­zas para que los vientos las esparzan sobre la faz del desierto. Sí, Marta, eres una flor aplastada por la plata del animal que se oculta en el ser humano. Pesados pies han pasado sobre ti y te han abatido, pero no han aniquilado esa fragancia que sube con el lamento de las viudas y el lloro de los huérfanos, y el suspiro de los pobres hacia el Cielo, fuente de la justicia y de la misericordia. Que te sirva de consuelo, Marta, saber que eres la flor aplastada, y no el pie que la ha aplastado.

Marta me había escuchado atentamente, y en su rostro brillaba un poco de consuelo, como las nubes cuando las iluminan los suaves rayos del sol poniente. Me invitó a sen­tarme al lado de ella. Así lo hice, tratando de leer en sus elo­cuentes facciones las ocultas sombras de su triste espíritu. Tenía la mirada de los que saben que están a punto de morir. Era la mirada de una muchacha aún en la primavera de la vida, que siente los pasos de la muerte aproximándose a su lecho. La mirada de una mujer olvidada, que hacía poco ca­niinaba`por los hermosos valles del Líbano, llena de vida y energía, y que en aquel momento, exhausta, sólo esperaba la liberación de los lazos de la existencia.

Tras un silencio conmovido, aquella mujer reunió sus últimas fuerzs y empezó a hablar; y sus lágrimas dieron un significado más profundo a sus palabras, pues parecía poner el alma en cada débil sollozo, y me dijo:

-Sí, soy una mujer oprimida; soy la presa del animal que vive en el hombre; la flor pisoteada... Yo estaba sentada al borde del arroyo, cuando él pasó, a caballo. Me habló ama­blemente y dijo que era yo hermosa, que me amaba y que nunca me olvidaría. También dijo que los grandes espacios eran sitios desolados, y que los valles eran la morada de las aves y de los chacales... Me tomó en sus brazos, me atrajo hacia su pecho, y me besó. Hasta entonces no conocía yo el sabor de los besos, pues era yo una huérfana desamparada. Me subió a la grupa de su caballo y me llevó a una hermosa casa solitaria. Allí me dio vestidos de seda, y perfume, y ricos manjares... Todo esto lo hizo sonriendo, -pero detrás de sus palabras dulces y de sus ademanes amorosos ocultaba su ujuria y sus deseos animales. Y cuando estuvo satisfecho con mi cuerpo y con la humillación de mi espíritu, se fue, dejándome una viva llama que fue creciendo suavemente. Luego, caí en esta oscuridad, fuente de dolor y amargas lágrimas... Así la vida se dividió para mí en dos partes: una débil y desamparada, y la otra más pequeña, que lloraba en los silencios de la noche, buscando volver al gran vacío. En aquella casa solitaria mi opresor nos dejó a mí y a mi niño de brazos, entregados a las crueldades del hambre, del frío y de la soledad. No teníamos más compañero que el, miedo, ni más consuelo que el llanto. Los amigos de aquel hombre acudieron a verme, y se dieron cuenta de mis necesi­dades y de mi debilidad. Acudieron uno tras otro, con la intención . de comprarme con riquezas y de darme pan a cambio de mi honor... ¡Ah!, muchas veces estuve a punto de­liberar a mi espíritu con mi propia mano, per¿ no lo hice, porque mi vida ya no me pertenecía a mí sola; era también de mi hijo, que el cielo había apartado de su reino, así como la vida me había apartado y hundido en las profundidades del abismo.:: Y ahora, está cercano él momento en que mi novio, el espíritu de la muerte, vendrá por mí tras larga ausencia, para llevarme a su blando lecho.

Después de un profundo silencio que fue como la presen­cia de invisibles espíritus, alzó la mirada hacia mí, una mirada en la: que ya se observaban las sombras de la muerte, y con dulce voz continuó:

- ¡Oh, justicia, que estás oculta, tras estas imágenes ate­rradoras! Tú, y sólo tú puedes oír el lamento de mi espíritu que se va, y el clamor de mi corazón abandonado. A ti solo te pido que tengas piedad de mí, para que con tu mano derecha protejas a mi hijo, y con la izquierda recibas mi espíritu.

Sus fuerzas menguaron y su respiración se hizo más débil. Miró a su hijo con dolorosa y tierna mirada, y luego bajó los ojos lentamente, y con voz que casi era un silencio, empezó a recitar:

-Padre nuestro, que estás en los cielos...

Dejó de oírse su voz, pero sus labios siguieron moviéndose un rato. Luego, todo movimiento abandonó a su cuerpo. Recorrió un estremecimiento a aquella mujer, suspiró por última vez, y su rostro se volvió intensamente pálido. El espíritu abandonó el cuerpo, y los ojos siguieron mirando lo invisible.

Al llegar el alba, el cuerpo de Marta fue puesto en un ataúd de madera, y llevado en hombros por dos personas de condición humilde. La enterramos en un campo desierto,

muy lejos de la ciudad, pues los sacerdotes no quisieron orar sobre -aquellos restos, ni permitieron que los huesos -de Marta reposaran en el cementerio, donde las cruces son centinelas de las tumbas. No hubo más dolientes que acompañaran el cadáver hasta aquella alejada fosa que el hijo de Marta, y otro muchacho, al que las adversidades de la existencia le habían enseñado á ser compasivo.

 

EL POLVO DE LAS EDADES

Y EL FUEGO ETERNO

 

I

 

OTOÑO DEL AÑO 116, A. C.

 

Era una noche silenciosa y todo ser viviente dormía en la Ciudad del Sol. Las lámparas de las casas esparcidas alrededor de los grandes templos, entre olivos y laureles, se habían apa­gado hacía mucho. La luna se alzaba en el horizonte, ba­ñando con sus rayos la blancura de las altas columnas de már­mol que se erguían como gigantescos centinelas en la noche tranquila, custodiando los santuarios de los dioses. Estos cen­tinelas parecían mirar asombrados y temerosos hacia los picos del Líbano, que más allá se alzan majestuosos en las distantes alturas.

En aquella hora mágica que transcurría entre los espíritus de quienes dormían y los sueños del infinito, Natán, hijo del gran sacerdote, entró en el templo de Astarté. Llevaba en la mano temblorosa una antorcha, con la que encendió las lám­páras y los incensarios. Se- alzó sexi el aire el dulce olor del incienso y de la mirra, y la imagen de la diosa estaba ador­nada con un delicado velo, como el velo del deseo y la ansie­dad que envuelve el corazón humano. Nátán se postró ante el altar recubierto de marfil y oro, alzó las manos en ademán de súplica., y dirigió los ojos llenos de lágrimas hacia el cielo. Con voz ahogada por el dolor y rota por lastimeros sollozos exclamó:

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Publicado por Magiasuprema @ 18:14
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