LOS DIOSES DE LA TIERRA
(1931)
Al llegar la oscuridad de la duodécima era
El silencio absorbió, pleamar de la noche
Las montañas todas.
En ese momento hicieron su aparición sobre las cimas,
Las tres deidades nacidas de la Tierra, Amos y padres de la Vida.
Las corrientes de agua pasaron a sus pies
Y oleadas de niebla
Sobre sus pechos se agolparon
En tanto sus cabezas permanecieron erguidas
Majestuosamente sobre el Mundo.
Y después dialogaron. Retorciéndose sus voces,
Con el retumbar distante del trueno
En el profundo valle.
EL PRIMER DIOS
Hacia el Este el viento encamina su Soplo.
Es mi deseo dirigir hacia el Sur mi rostro,
Pues el Viento trae a mi olfato
El aroma a cosas ya muertas.
EL SEGUNDO DIOS
Es el aroma a cuerpos quemados,
Puro y bueno.
Aspirarlo es mi deseo.
EL PRIMER DIOS
El aroma de la Muerte misma es,
Consumida en su lenta flama,
Que satura el aire.
Perturba y asquea a mis sentidos,
Cual me produce aversión las miasmas
del Abismo.
Es mi deseo, entonces, voltear mi rostro
en dirección al Norte
que no está impregnado de malos olores.
EL SEGUNDO DIOS
Es la fragancia encendida
De la vida insatisfecha.
Es el perfume que aspirar quiero,
Ahora y siempre.
Los dioses viven merced a los holocaustos
Y a los sacrificios.
Mediante sangre pretenden apagar su sed,
Y con espíritus jóvenes apaciguar sus almas;
Dar fuerzas a su fortaleza con los eternos gemidos,
Que las almas que viven en el corazón de la muerte, exhalan.
Están sus tronos erigidos
Sobre las cenizas del tiempo.
EL PRIMER DIOS
Mi espíritu se ha hartado y hastiado
De lo que existe. No moveré un dedo
Para construir otra vez mundo alguno,
Ni para hacer desaparecer mundo alguno de la creación.
No existiría, si morir pudiera,
Pues los milenios hacen sentir su peso,
Sobre mis hombros y
El inagotable sonido de los mares
Agota la fortuna de mi sueño.
¡Ah! si pudiera desprenderme de mi razón original
De ser, me desvanecería, igual que el sol
Muere en su crepúsculo.
Desearía, si pudiera hacerlo,
Desnudar a mi divinidad,
De sus propósitos,
Y en el cosmos exhalar
El soplo de mi mortalidad
Y así terminar de vivir para siempre.
¡Ojalá! me desvanezca y huya
De la memoria temporal.
A estar y existir en el cosmos del Tiempo.
EL TERCER DIOS
¡Oídme, hermanos míos!
¡Oídme hermanos antiguos!
En aquél valle un joven entona una canción,
Canta los arcanos de su espíritu
En el oído de la noche
De oro y ébano es su lira
De plata y oro su voz.
EL SEGUNDO DIOS
No soy tan poco inteligente como para ansiar
No vivir, no ser.
No puedo elegir otro que el más escarpado
De los senderos, para dejarme llevar
Por el camino de las estaciones,
Y fortalecer el poder de los años;
La simiente sembrar y observar su germinación
En el centro de la tierra;
Alimentar a las flores con el empuje
Con que luego podrá resguardar su existencia,
Y después desenterrarla, en el momento de empezar
La Tormenta a reír en la selva,
Y a extraer a los seres humanos de la tiniebla
Enigmática; mas permite que conserven las raíces su
Apego a la Tierra;
Fomentar y sembrar, en él mismo, la sed de la existencia,
Y transformar a la muerte en el copero,
Brindarle el amor que tiene su origen en el dolor,
Amor que se sublima en la añoranza,
Que se multiplica en el Anhelo,
Y que se esfuma en el abrazo primero,
Para ceñir su noche
Con las divinas ensoñaciones de los días
Y en ellos verter
Las revelaciones de las noches sagradas,
Y después lograr que sus noches y días
No se metamorfoseen nunca;
Para lograr de su inventiva,
Un águila vigilante en las cumbres;
Y de sus razonamientos
Tormentas de océanos;
Y después darle una mano lenta
Para los juicios y para los deberes morales,
Y un pie pesado en sus cavilaciones;
Para brindarle felicidad para cantar su melopea
Ante nosotros,
Y tristeza para obligarlo a acudir a nuestro socorro
Y después humillarlo en su orgullo,
En el momento que la Tierra, de hambre,
Grite pidiendo pan;
Para subir su espíritu por sobre el cielo mismo,
Para hacerlo saborear nuestro mañana
Y permitir que su cuerpo se revuelque en el cieno
Y no pueda olvidar, de esa manera, su ayer.
En esa forma conviene a nuestra Majestad
Gobernar al ser humano
Hasta el fin de los Tiempos,
Regulando su hálito,
Que comienza con el grito de su madre,
Y culmina con el llanto
De sus hijos.
EL PRIMER DIOS
Mi corazón se consume por la sed;
Empero no es mi deseo beber la sangre débil
De una estirpe bastarda;
Pues la copa está sucia
Y el vino que contiene, es amargo a mi gusto.
Como tú soy: modelé el barro
Y con él creé seres animados,
Que respiran y jadean;
Luego se escurrieron de entre mis dedos
En las montañas y en las selvas.
Al igual que tú, troqué en luz las tenebrosas
Profundidades, en el Comienzo de la Vida,
Vidas a las que después pude ver reptar
Desde las cavernas y ascender a las elevadas
Cimas de los montes.
Yo, al igual que tú, convoqué a la Primavera,
Para subyugar y fascinar a los jóvenes,
Y le adjudiqué el don de la Belleza,
Para incitarla a evolucionar y producir.
Yo, al igual que tú, dirigí al hombre
De un templo a otro templo,
Y transformé a sus mudos terrores
En algo indestructible, en Fe
Que tiembla a causa nuestra,
Sin que le fuera posible divisarnos ni comprendernos.
Yo, al igual que tú, puse por sobre mi cabeza la Tormenta
Huracanada para que se prosterne delante nuestro;
E hice al suelo sacudirse bajo sus pies
Para implorar y rogar nuestra ayuda.
Yo, al igual que tú, induje al desenfrenado mar,
Que anegó la cuna de su islote,
Hasta que murió gimiendo
E implorando
Todo esto es, y mucho más aún, lo que hice;
Pero todo fue estéril e inútil.
¡Inútil es el despertar!
¡Inútil es el descansar!
Y tres veces es estéril e inútil el soñar
EL TERCER DIOS
¡Hermanos! ¡Augustos hermanos!
En un claro del bosque de mirtos
Hay una doncella que danza
En honor a la luna.
En su cabello han anidado mil estrellas
Como mil gotas de rocío,
Y un millar de alas envuelven sus pies.
EL SEGUNDO DIOS
Hemos sembrado al ser humano,
Y con su esencia hicimos nuestra viña;
Hemos arado el suelo,
En la niebla rosada
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