domingo, 21 de junio de 2009

GIBRÁN KHALIL GIBRÁN

 

LOS DIOSES DE LA TIERRA

(1931)

 

 

Al llegar la oscuridad de la duodécima era

El silencio absorbió, pleamar de la noche

Las montañas todas.

En ese momento hicieron su aparición sobre las cimas,

Las tres deidades nacidas de la Tierra, Amos y padres de la Vida.

 

Las corrientes de agua pasaron a sus pies

Y oleadas de niebla

Sobre sus pechos se agolparon

En tanto sus cabezas permanecieron erguidas

Majestuosamente sobre el Mundo.

 

Y después dialogaron. Retorciéndose sus voces,

Con el retumbar distante del trueno

En el profundo valle.

 

EL PRIMER DIOS

 

Hacia el Este el viento encamina su Soplo.

Es mi deseo dirigir hacia el Sur mi rostro,

Pues el Viento trae a mi olfato

El aroma a cosas ya muertas.

 

EL SEGUNDO DIOS

 

Es el aroma a cuerpos quemados,

Puro y bueno.

Aspirarlo es mi deseo.

 

EL PRIMER DIOS

 

El aroma de la Muerte misma es,

Consumida en su lenta flama,

Que satura el aire.

Perturba y asquea a mis sentidos,

Cual me produce aversión las miasmas

del Abismo.

Es mi deseo, entonces, voltear mi rostro

en dirección al Norte

que no está impregnado de malos olores.

 

EL SEGUNDO DIOS

 

Es la fragancia encendida

De la vida insatisfecha.

Es el perfume que aspirar quiero,

Ahora y siempre.

Los dioses viven merced a los holocaustos

Y a los sacrificios.

Mediante sangre pretenden apagar su sed,

Y con espíritus jóvenes apaciguar sus almas;

Dar fuerzas a su fortaleza con los eternos gemidos,

Que las almas que viven en el corazón de la muerte, exhalan.

Están sus tronos erigidos

Sobre las cenizas del tiempo.

 

EL PRIMER DIOS

 

Mi espíritu se ha hartado y hastiado

De lo que existe. No moveré un dedo

Para construir otra vez mundo alguno,

Ni para hacer desaparecer mundo alguno de la creación.

No existiría, si morir pudiera,

Pues los milenios hacen sentir su peso,

Sobre mis hombros y

El inagotable sonido de los mares

Agota la fortuna de mi sueño.

¡Ah! si pudiera desprenderme de mi razón original

De ser, me desvanecería, igual que el sol

Muere en su crepúsculo.

Desearía, si pudiera hacerlo,

Desnudar a mi divinidad,

De sus propósitos,

Y en el cosmos exhalar

El soplo de mi mortalidad

Y así terminar de vivir para siempre.

¡Ojalá! me desvanezca y huya

De la memoria temporal.

A estar y existir en el cosmos del Tiempo.

 

EL TERCER DIOS

 

¡Oídme, hermanos míos!

¡Oídme hermanos antiguos!

En aquél valle un joven entona una canción,

Canta los arcanos de su espíritu

En el oído de la noche

De oro y ébano es su lira

De plata y oro su voz.

 

EL SEGUNDO DIOS

 

No soy tan poco inteligente como para ansiar

No vivir, no ser.

No puedo elegir otro que el más escarpado

De los senderos, para dejarme llevar

Por el camino de las estaciones,

Y fortalecer el poder de los años;

La simiente sembrar y observar su germinación

En el centro de la tierra;

Alimentar a las flores con el empuje

Con que luego podrá resguardar su existencia,

Y después desenterrarla, en el momento de empezar

La Tormenta a reír en la selva,

Y a extraer a los seres humanos de la tiniebla

Enigmática; mas permite que conserven las raíces su

Apego a la Tierra;

Fomentar y sembrar, en él mismo, la sed de la existencia,

Y transformar a la muerte en el copero,

Brindarle el amor que tiene su origen en el dolor,

Amor que se sublima en la añoranza,

Que se multiplica en el Anhelo,

Y que se esfuma en el abrazo primero,

Para ceñir su noche

Con las divinas ensoñaciones de los días

Y en ellos verter

Las revelaciones de las noches sagradas,

Y después lograr que sus noches y días

No se metamorfoseen nunca;

Para lograr de su inventiva,

Un águila vigilante en las cumbres;

Y de sus razonamientos

Tormentas de océanos;

Y después darle una mano lenta

Para los juicios y para los deberes morales,

Y un pie pesado en sus cavilaciones;

Para brindarle felicidad para cantar su melopea

Ante nosotros,

Y tristeza para obligarlo a acudir a nuestro socorro

Y después humillarlo en su orgullo,

En el momento que la Tierra, de hambre,

Grite pidiendo pan;

Para subir su espíritu por sobre el cielo mismo,

Para hacerlo saborear nuestro mañana

Y permitir que su cuerpo se revuelque en el cieno

Y no pueda olvidar, de esa manera, su ayer.

En esa forma conviene a nuestra Majestad

Gobernar al ser humano

Hasta el fin de los Tiempos,

Regulando su hálito,

Que comienza con el grito de su madre,

Y culmina con el llanto

De sus hijos.

 

EL PRIMER DIOS

 

Mi corazón se consume por la sed;

Empero no es mi deseo beber la sangre débil

De una estirpe bastarda;

Pues la copa está sucia

Y el vino que contiene, es amargo a mi gusto.

Como tú soy: modelé el barro

Y con él creé seres animados,

Que respiran y jadean;

Luego se escurrieron de entre mis dedos

En las montañas y en las selvas.

Al igual que tú, troqué en luz las tenebrosas

Profundidades, en el Comienzo de la Vida,

Vidas a las que después pude ver reptar

Desde las cavernas y ascender a las elevadas

Cimas de los montes.

Yo, al igual que tú, convoqué a la Primavera,

Para subyugar y fascinar a los jóvenes,

Y le adjudiqué el don de la Belleza,

Para incitarla a evolucionar y producir.

Yo, al igual que tú, dirigí al hombre

De un templo a otro templo,

Y transformé a sus mudos terrores

En algo indestructible, en Fe

Que tiembla a causa nuestra,

Sin que le fuera posible divisarnos ni comprendernos.

Yo, al igual que tú, puse por sobre mi cabeza la Tormenta

Huracanada para que se prosterne delante nuestro;

E hice al suelo sacudirse bajo sus pies

Para implorar y rogar nuestra ayuda.

Yo, al igual que tú, induje al desenfrenado mar,

Que anegó la cuna de su islote,

Hasta que murió gimiendo

E implorando

Todo esto es, y mucho más aún, lo que hice;

Pero todo fue estéril e inútil.

¡Inútil es el despertar!

¡Inútil es el descansar!

Y tres veces es estéril e inútil el soñar

 

EL TERCER DIOS

 

¡Hermanos! ¡Augustos hermanos!

En un claro del bosque de mirtos

Hay una doncella que danza

En honor a la luna.

En su cabello han anidado mil estrellas

Como mil gotas de rocío,

Y un millar de alas envuelven sus pies.

 

EL SEGUNDO DIOS

 

Hemos sembrado al ser humano,

Y con su esencia hicimos nuestra viña;

Hemos arado el suelo,

En la niebla rosada

Tags: gibran

Publicado por Magiasuprema @ 18:11
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